jueves, 8 de mayo de 2014

VASO MÁS FRÁGIL


 Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.
1 Pedro 3:7

A muchas mujeres no nos agrada este tema de ser como un vaso más frágil. Pensamos, “No soy débil. No quiero ser considerada así.” Es por eso que me puse a considerar en detalle este versículo. Necesitaba saber qué piensa Dios para que se le ocurra decir eso de mí.

¿Cómo es un vaso “más frágil”? Tendemos a ir directamente hacia lo débil, y creo que durante demasiado tiempo han sido los hombres quienes han fomentado esa idea. Si nosotras la creemos, es nuestro error por no entender quiénes somos y como Dios nos ve.

Un vaso frágil es como el vaso de cristal. Es de gran valor, es delicado, es muy bello y se rompe fácilmente. Uno no trataría con rudeza a un vaso de cristal, pues sabe que lo más probable es que lo rompería y lo perdería. Lo trata con delicadeza, lo tiene en un lugar especial en la casa porque merece ser tratado así por su valor y belleza. Nunca he visto que la gente tenga un vaso de cristal tirado en una esquina o que lo dediquen a cualquier uso. Más bien, se guarda en una vidriera y se usa en ocasiones especiales o cuando vienen visitas. ¡Hay vasos de cristal que forman parte de la herencia de una familia!

Dios está diciendo a los hombres en 1 Pedro 3:7 “Traten a la mujer con delicadeza. Ella tiene tremendo valor. Es delicada y hermosa, y por tu descuido puede ser rota. Entonces quien más perderá eres tú.” El Señor aclara que somos coherederas de la gracia – esto significa que hombres y mujeres somos igualmente herederos de la Vida Eterna. No somos iguales (de hecho somos muy diferentes) pero nuestro valor es igual. Una mujer no vale menos por ser mujer. Muchas mujeres son tratadas con dureza. Las tienen como vaso desechable. Ignoran por completo su valor, tanto ellos como ellas mismas. La mujer es más frágil en lo físico, pero jamás en otras áreas. Muchos dirían que porque somos emotivas, somos más débiles; pero eso es justamente lo que a menudo nos hace más fuertes.

Un vaso es destinado a contener líquido para beber. Fue creado para ser lleno. Tiene un propósito. Al igual que cualquier vaso común, el propósito del vaso frágil es ser lleno e útil, pero además de la utilidad, tiene características agregadas: es muy bello y es de gran valor. Así eres tú, mujer. Dios te creó con un propósito específico. Te quiere llenar, quiere que seas plena en el propósito para el cual Él te diseñó. Como si fuera poco, no solo eres útil en el Reino de Dios, eres muy bella y de gran precio.


El cristal por el uso continuado puede volverse opaco. Entonces se toma abrasivos y vinagre y hasta un cepillo, y se lo lustra. Cuando un vaso es dañado, se nota. El daño sufrido puede afectar su uso. No tomamos de una copa si corremos el riesgo de que nos corte. A veces una copa dañada ya no puede retener el líquido o si la base está rota, no puede sostenerse. Cuando nosotras estamos dañadas, también afecta nuestro uso. No podremos recibir lo que Dios quiere derramar en nosotras ni podremos ser útiles en el Reino si es que no somos restauradas. Dios es quien hace ese trabajo, nadie más. Quizás hoy puedas decir que eres un vaso destruido. Puede ser que estés dañado por el mal uso o que te hayan desechado. Tal vez tu cristal ya no esté brillando. Él es quien te restaura por completo. Él es quien te lustra para que brilles de nuevo. Dios, Creador y Dueño de este vaso de cristal, es el más interesado en que seas la copa bella, útil y tremendamente que diseñó. 

lunes, 3 de febrero de 2014

LOS QUE NO SE APARTAN


Juan el Bautista fue un hombre muy conocido. Su llamado fue el de anunciar la venida del Mesías. Cuándo Jesús llegó junto a él, le reconoció y le dijo que no era digno de atarle los zapatos. Luego le bautizó, presenció la llegada de la paloma sobre la cabeza de Cristo y escuchó la voz del Señor diciendo, “Este es mi hijo en quien tengo complacencia”. 

Considerando todo esto, es aún más sorprendente lo que leemos en Mateo 11: 2 – 6: “Juan el Bautista, quien estaba en prisión, oyó acerca de todas las cosas que hacía el Mesías. Entonces envió a sus discípulos para que le preguntaran a Jesús: —¿Eres tú el Mesías a quien hemos esperado o debemos seguir buscando a otro? Jesús les dijo: —Regresen a Juan y cuéntenle lo que han oído y visto: los ciegos ven, los cojos caminan bien, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les predica la Buena Noticia.  Y díganle: “Dios bendice a los que no se apartan por causa de mí”.” (Nueva Traducción Viviente)

Juan estaba en prisión, puesto ahí por Herodes. Su vida estaba corriendo el riesgo de ser apagada por ese tirano. Estaba sufriendo y comenzó a dudar. Este hombre quien desde el vientre había reconocido al Mesías – recuerde que cuando María, embarazada de Jesús fue a visitar a Elizabeth, madre de Juan, este dio un salto en su vientre – estando en terrible crisis hasta dudó de la identidad del Hijo de Dios. De ninguna manera lo juzgo. Sí, me identifico. Juan era tan humano como tú y yo. ¿Alguna vez dudaste de lo que Dios está haciendo? ¿En algún momento pusiste hasta lo más transcendental en la balanza y te preguntaste si es real?
La historia no termina aquí. Si lo hiciere, sería simplemente un triste cuento de una persona tan falible como cualquier otra. En la segundo parte del relato, Jesús responde a la pregunta de Juan. Él podría haber dicho muchas cosas al oír lo que Juan le mandaba preguntar. Bien le podría haber recriminado o condenado. Sin embargo, hace dos cosas: con sencillez menciona las pruebas de que es quién dice ser; y le dice que Dios bendice a los que no dudan. No le llama nombres, ni se exalta porque este amigo suyo duda de él. Responde con amor.

Esta historia no termina aquí. ¡Hay más!
Mientras los discípulos de Juan se iban, Jesús comenzó a hablar acerca de él a las multitudes. Uno pensaría que después de lo que acababa de suceder, Él se quejaría de Juan pero atienda Sus palabras: ““¿A qué clase de hombre fueron a ver al desierto? ¿Acaso era una caña débil sacudida con la más leve brisa? ¿O esperaban ver a un hombre vestido con ropa costosa? No, la gente que usa ropa costosa vive en los palacios. ¿Buscaban a un profeta? Así es, y él es más que un profeta. Juan es el hombre al que se refieren las Escrituras cuando dicen: “Mira, envío a mi mensajero por anticipado, y él preparará el camino delante de ti”.” Les digo la verdad, de todos los que han vivido, nadie es superior a Juan el Bautista. Sin embargo, hasta la persona más insignificante en el reino del cielo es superior a él. Desde los días en que Juan el Bautista comenzó a predicar hasta ahora, el reino del cielo ha venido avanzando con fuerza, y gente violenta lo está atacando. Pues, antes de que viniera Juan, todos los profetas y la ley de Moisés anunciaban este tiempo; y si ustedes están dispuestos a aceptar lo que les digo, él es Elías, aquel que los profetas dijeron que vendría. ¡Todo el que tenga oídos para oír, que escuche y entienda!”

¿Qué dice el Señor acerca de mí? ¿Qué palabras pronuncia cuando yo he pecado? ¡Me impacta cómo es Jesús! Juan acaba de mandarle preguntar si Él realmente es quien dice ser, y sin embargo Jesús habla palabras de bien de Juan. Recalca que es escogido, que es una persona importante en el Reino y que en su vida se había cumplido el propósito de Dios. De ninguna manera toma la oportunidad para decir que está desilusionado en su amigo o dolido por su actitud.

Tienes que entender que Jesús es así con cada uno de nosotros. Fallamos a menudo. Hasta dudamos de Él. Y sin embargo, Él sigue viéndonos con ojos de amor. Nos ve como quién nos creó, como papá. Nos ve como vencedores quienes cumplen el propósito que Él escribió para nuestras vidas. No se queja, ni se desilusiona. A menudo pensamos que porque fallamos, no merecemos Su amor ni Su aceptación. Debemos entender que aunque NUNCA lo merecemos, SIEMPRE es nuestro.

¡Cuán maravilloso es nuestro Dios! Podemos entrar con confianza ante Él porque por Él hemos sido justificados. Puedes ser tú mismo, sin tener que pretender ser perfecto, porque Su amor es completamente tuyo. Nada que hayas hecho y nada que hagas puede separarte de Su amor. Él te conoce, te ama y siempre tiene palabras de bien acerca de ti.
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8: 38, 39

PINTURA : Girl at the mirror (Nena ante el Espejo) por  Norman Rockwell

lunes, 22 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 3)




            A las corridas subió a su bici y pedaleó con todas sus fuerzas. Al llegar al portón siguió su camino sin mirar. Varios autos tuvieron que frenar bruscamente. Se escuchó una sinfonía de bocinazos y gritos, pero no le importó. Siguió su camino, con lágrimas fluyendo todavía por su cara. No sabía hacia dónde iba, pero cuando se dio cuenta ya estaba a unas cuadras de la playa.
            Suspiró profundamente. “Voy a sentarme un rato en la playa y escuchar las olas. Eso siempre me relaja,” decidió. Llegó enseguida a las blancas arenas. Observó con alivio que no había gente en la playa, a pesar de ser una noche hermosa. Recostó su bici por un poste de luz y caminó hacia el agua. Se sentó cerca de ella, y el bufar de las olas la calmó al instante.
            “¿Quién se cree?” se preguntó en voz baja. “Cómo si no fuera suficiente que sepa tanto de mi, ¡encima me quiere imponer lo que él quiere! Entregarle mi bici. ¡Ja! Es lo único que es mío, realmente mío.” Se quejaba en voz alta. En su corazón se revolvían un montón de emociones que ni ella entendía. Nunca nadie había tomado el tiempo para hablar con ella o mostrar semejante interés en su vida. Nunca le había pedido nadie algo tan difícil.
            Cuando ella quedó sola, había llegado a sentir que había perdido todo. Por eso valoraba tanto esa bici. Lo había ganado con mucho esfuerzo y era su orgullo. En todos los años que habían estado juntos, no le había lastimado ni abandonado. No la maltrataba y jamás se había sentido usada o abusada por su biciclo. Ella y esa bici habían recorrido toda la ciudad y seguía con ella, siempre. Lo sabía manejar con facilidad y  siempre tenía el control. Ahora el jefe Supremo, a quien había visto por primera vez en la vida, le estaba pidiendo dejar lo que más apreciaba ¿y por qué?
            Levantó repentinamente la cabeza y fijó la mirada a lo lejos, inmóvil. Perpleja, se preguntó “¿Por qué quiere  que deje mi bici?” Entonces recordó. Escuchó como eco en su cabeza las últimas palabras del Jefe Supremo: “Siempre voy a querer lo mejor para ti.” Quedó helada. “No es tanto que quiere sacarme lo que tengo. Quiere darme algo mejor.” Se recostó en la arena y quedó mirado las estrellas. “…Algo mejor…” repitió varias veces. Al final quedó dormida.
Soñó. Vio a sus padres en la casona donde había crecido. El sol brillaba tan fuerte que todo estaba muy iluminado, y sentía su calor sobre su piel. Se reían juntos sus padres, sus hermanos y ella cuando hubo el ruidazo de un choque y todo - su familia, la casa y la luz - desapareció. Fue reemplazado por la oscuridad total. Sintió miedo y allí, dormida sobre la arena, se sacudió su cuerpo. En su sueño se dio cuenta que las tinieblas en las que se encontraba de a poco se disipaban, a medida que una luz se hacía cada vez más fuerte. De nuevo comenzó a sentir calor rodearla. Repentinamente estaba parada en el altar, vestida de novia, frente a un hombre sin rostro. Él se dio la vuelta momentáneamente, dándole la espalda. Cuando volvió a mirarle tenía una enorme boca que se abría más y más hasta ser más grande que ella. Se dio cuanta que le quería devorar, entonces comenzó a correr gritando. Su largo vestido y tacos impedían que avanzara y vio que la boca le alcanzaba, cuando una luz fuerte la rodeó. Con un susto se despertó y de golpe se sentó en la arena. 

Lágrimas corrían por su rostro. Vio que los primeros rayos del alba se asomaban sobre las aguas. Observó como los colores del cielo iban cambiando y pensó en la luz y el calor que le había rodeado en su sueño.  “…Algo mejor…” repitió de nuevo.

De un salto se puso de pie. Le costaba creer que había pasado toda la noche en la playa. Se subió a su bici y comenzó a pedalear. Parecía lo correcto ir a las oficinas del jefe Supremo, aunque no entendía por qué no volvía a su casa. Con cabello levantado y ropas arrugadas, el sabor de la boca seca y sucia y la cara sin lavar, ella sabía sin lugar a duda de que él la iba a recibir con una sonrisa.
            Llegó una vez más a la entrada al rascacielos y levantó la vista. Ansiaba estar ahí. Anhelaba verle de nuevo. El ascensor la llevó rápidamente hasta el último piso, pero nada le podría haber preparado para lo que sucedió a continuación. Al quedarse quieto el ascensor, se abrieron las puertas y ella salió. Solo llegó a tomar un paso hacia la oficina, porque la rodearon brazos fuertes y una voz conocida la dijo al oído, “Te he estado esperando, hija mía.”
            Ella no sabía si llorar o reír, ¡entonces hizo ambas cosas! De su boca se derramaron explicaciones que se juntaron en el apuro: “Fui de aquí tan enojada…no sabía a dónde ir…me di cuenta…playa…te sentí ahí, protegiéndome…¿estabas ahí?...desperté, y supe…” Él se reía de su incontenible entusiasmo. “¿Qué supiste, hija?” le preguntó. Tragó ella su saliva y habló con firmeza. “Supe que si no te tengo a ti, nada importa. Entendí que mi bici, es solo una bici. No lo es todo, y no lo necesito tanto. Pero te tengo que decir que nunca, nunca en mi vida me sentí tan amada que cuando estuve ayer aquí contigo. Tantos años estuve sola, encerrada en mí misma. No quería soltar nada, pero ahora sé que nada es  realmente mío y que solo buscas mi bien. Quiero conocerte, quiero lo que tienes para mí."
            La sonrisa del Jefe Supremo iluminó su rostro. Parecía haber quedado opacado el sol. Ya estaban dentro de la oficina espaciosa. Se sentaron en os sillones y se sonrieron. Era el turno de hablar del Jefe Supremo. “Yo sé que te costó lo que ayer te dije. Sin embargo, sé también que has madurado y tomado la mejor decisión. Deseo con todo mi corazón ir enseñándote muchas cosas. Esa bici, lo ganaste con mucho esfuerzo, yo lo sé porque lo vi. Pero lo que te quiero dar, no hace falta que lo ganes.” “¿Cómo?” preguntó ella, perpleja. Sonrió el Jefe Supremo y continuó, “Todo lo que tengo para darte es tuyo. Siempre lo fue. Todo tiene tu nombre puesto, porque lo hice especialmente para ti.” Acercó su rostro a la de ella. “Te lo voy a dar porque te amo.” Fue instantáneo. Los brazos de ella le rodearon el cuello y se quedó pegada a él por un buen rato.
            Fundidos en el abrazo, él la siguió hablando, “Durante tanto tiempo has andado en bici, cuando tengo un jet privado con tu nombre.” Los dos rompieron en risa. “¿Un jet? ¡Un jet!” exclamó ella. “Si,” le respondió, “y mucho más. Déjame sorprenderte. Una sola cosa te pido: que te mantengas cerca de mí.”  Ella le miró fijamente a los ojos un momento y luego de nuevo tiró sus brazos alrededor de él. Con una voz tierna le susurró al oído: “Aunque no me dieras nada, no podría ir. No lo puedo explicar, pero te has vuelto el centro de mi vida.” Los rayos del sol irrumpieron a través de los grandes ventanales, iluminando a dos personas muy felices, tiernamente abrazadas.

lunes, 8 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 2)


          


Miró alrededor. Todo era bello y resplandeciente. La iluminación del lugar era perfecta.  No era tan fuerte como para cansar, ni tan suave que no se podía observar los detalles del inmenso salón. Era un lugar muy cómodo, sin ser demasiado lujoso. Le pareció que la palabra “acogedor” le describía bien, aunque la decoración era bastante moderna. Mientras tomaba un paso cauteloso tras otro, se dio cuenta de algo: el lugar le atraía a ella. Era como si fuera que había sido decorado por ella, o para ella. Era tan grande que no podía ver hasta el otro lado, y tampoco podía discernir dónde se encontraba el Jefe Supremo. “Qué raro,” pensó. “Parece que no está.”
            “Aquí estoy,” dijo una voz. La voz parecía familiar. No lo dijo fuerte ni con enojo. Sonó más bien como la voz de un padre; o así lo imaginó ella. “Acércate, hija” le dijo. Repentinamente, todo su temor e inseguridad acerca de esta reunión se disipó. Caminó rápidamente hacia donde él se encontraba.
            Encontró al Jefe Supremo sentado en un enorme sillón. Sus piernas estaban cruzadas y en ellas descansaba un libro de apariencia antigua. No era viejo ni joven; y se dio cuenta que si tuviera que describir su edad, escogería la palabra “eterna”. Su rostro era amable aunque emanaba autoridad. Alrededor de sus ojos se veían pequeñas líneas – no arrugas, sino líneas de risa, como su mamá las llamaba. Sonrió él, y ella le respondió con una sonrisa genuina. “¿Puedo?” preguntó, indicando con un gesto el sillón que estaba al lado del suyo. “Claro que sí,” le respondió. “Lo puse ahí para ti.”
            Se sentó en el sillón amplio y se recostó un rato. Tuvo que admitir que no recordaba haberse sentido tan relajada desde hacía mucho tiempo. “¿Qué me quieres contar?” le preguntó el Jefe Supremo. “¿Cómo?” respondió ella. “Usted me llamó a mí. Pensé que yo iba a escucharle hoy a usted.” Sonrió él. “Hay mucho tiempo. Yo sé que hay muchas cosas en tu corazón que deseas derramar. Habla. Yo escucho.” Miró perpleja pero solo por un instante. El rostro, la voz y las palabras de él inspiraban confianza en su ser. Se abrió en ella una represa de sentimientos, experiencias y preguntas que comenzaron a salir despacio y luego como una torrente. Habló sin cansarse. Mientras ella lo hacía, él a veces sonreía; cuando ella derramaba lágrimas le sorprendió ver que él también lloraba; y cuando le contaba de sus experiencias más simpáticas, él se reía con gusto. Cuando miró de nuevo por la ventana se dio cuenta que ya era de noche. ¡No lo podía creer! “¡He estado hablando por horas!” dijo ella.
            Sonrió con satisfacción el Jefe Supremo. “Sí. ¿No es maravilloso? He esperado por mucho tiempo este encuentro.” Por primera vez en su vida se sintió llena. No podía decir con exactitud de qué estaba tan llena pero en su corazón sentía un calor que crecía a cada instante. De repente sintió que iba a explotar y las lágrimas corrieron por sus mejillas. “Lloras de gozo,” le dijo el Jefe Supremo. “¿Cómo sabes tanto de mi?” le preguntó ella. “Nada tiene sentido y a la vez todo es perfecto cuando estoy contigo.” “Es que te conozco mejor de lo que tú misma te conoces,” le respondió.  “Yo te vi cuando estabas en el vientre de tu mamá. Te vi nacer, crecer, equivocarte y vencer. Cuando tu papá se fue, yo lloré contigo y lloré también cada vez que te entregaste a quien no te merecía porque anhelabas el amor que tanta falta te hacía. Cuando decidiste cerrar tu corazón en un intento de evitar el dolor, yo estaba. He estado golpeando a la puerta de ese corazón lastimado por mucho tiempo.” Mientras él la hablaba, ella lloraba cada vez más fuerte. Cuando acabó, ella estaba sollozando. “Nadie sabe esas cosas de mi. Nunca lo conté a nadie. ¿Cómo me conoces tanto?” preguntó con intensidad. “He estado contigo, atento a tus necesidades, cada día de tu vida. Yo te conozco porque yo te hice,” le dijo. “Y te  hice muy bien. Eres maravillosa, bella y preciosa.” Entre los dos hubo un largo silencio mientras ella absorbía todo lo que había oído y él la esperaba con paciencia.
            Cuando ella la miró, él le dijo, “Lo que quisiera que me expliques, por favor es esto: ¿por qué sigues andando en esa vieja bici? ¿Acaso no te cansas de ella?” Le miró ella con sorpresa. “¿Quieres saber por qué ando en bici?” Asintió con la cabeza. “Bueno,” continuó ella, “la verdad es que…” De repente se dio cuenta ella que no sabía el por qué. “¿Será que yo te puedo preguntar algo?” dijo ella. “Por supuesto,” le respondió él. “Bueno… ¿Por qué te interesa mi bici?” Él se dio ligeramente la vuelta hacia ella y le explicó, “Todos los días usas tu bici. Es una parte muy importante de tu vida – tan importante que se ha convertido en el centro de tu vida.” Le miró ella, estupefacta. Quería discutir, deseaba justificar su amor por su bici, pero no existían palabras que lo harían satisfactoriamente. “De hecho,” continuó, “tanto le quieres que no ves que hay otras bicis muchos mejores, y otros medios de transporte más cómodos y rápidos.”
            En ella surgió el enojo y levantó la voz al decir, “!Es mí bici y no lo voy a cambiar! Lo compré con mi propia plata. ¡Lo he cuidado todos estos años y no hay otra bici como la mía!” Él la miró y con una sonrisa llena de amor le dijo, “Mi hija, yo tengo algo mucho mejor para ti. Solo debes estar dispuesta a dejar tu bici.” “¡No!” le gritó ella. “¡No voy a dártelo!” Dio la vuelta y corrió hacia la puerta. Lo último que escuchó a medida que se alejaba fueron sus palabras, “Siempre voy a querer lo mejor para ti.”
            Abrió con fuerza la puerta de la oficina y la secretaria del Jefe Supremo se levantó con un susto. Ni la miró la señora al pasar corriendo. Varias veces apretó enérgicamente el botón del ascensor. Estas se abrieron justo cuando ella estaba por ir corriendo por las escaleras. Se metió a la caja y se cerraron las puertas. Comenzó su descenso. A medida que caía el ascensor, las lágrimas brotaron en grandes chorros y comenzó a llorar amargamente. Se atajaba de la pared del ascensor y gemía, luchando con emociones acumulados durante años, que ahora habían surgido a la superficie encontrándola completamente desprovisto. Al llegar a la planta baja, se abrieron las puertas y ella corrió hacia la salida, hacia su bici.

domingo, 7 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 1)



            Había una vez una señora quien vivía en una ciudad muy grande. La verdad es que ella no tenía idea de cuán grande realmente era ya que nunca se había atrevido a ir muy lejos. Es más, por más que haya querido llegar a los límites de aquella ciudad, era imposible para ella porque solo andaba en bicicleta.
            ¡Cómo amaba su bici! Cuando se subía en ella, se sentía la persona más libre del mundo. Acostumbraba andar por calles y sendas desconocidas, a veces muy rápida y otras lentamente. Ella veía como muchas personas, quienes habían comenzado andando en bicicleta como ella, muy pronto andaban en otros vehículos más veloces y poderosos. Esto no le molestaba.
            Un día la llamaron por teléfono. La citaban para una entrevista con el Jefe Supremo. Esto la sorprendió. “¿Qué ha de querer el Jefe Supremo con una simple mujer como yo?” se preguntó. Subió a su bici y pedaleando llegó al rato.
            Le impactó la belleza de las oficinas centrales del Jefe Supremo. Estaban situadas en el edificio más alto y bello que había visto en toda su vida. Parecía ser hecho completamente de cristal, pero al entrar por la puerta principal, descubrió que todos los pisos estaban hechos de oro puro. Subió hasta el último piso del rascacielos transparente.
            Se encontró en un ascensor muy lujoso. Al entrar en él, las puertas se cerraron y una voz muy amable la dijo por el altavoz que ella estaba por encontrarse frente al Jefe Supremo. “Eso ya lo sabía,” pensó ella. “Estoy aquí porque fui llamada a entrevista.” Grande fue su sorpresa cuando la voz la dijo en respuesta, “Es cierto que fuiste llamada, pero debes entender la importancia de esta entrevista. Además, si no lo deseas, no serás obligada a hablar con Él.” A partir de ese momento hizo todo lo posible para no pensar más.
            Miró alrededor. El ascensor estaba revestido de espejos desde el piso hasta el techo. No importa hacia donde ella dirigía la mirada, veía su propio reflejo. Era imposible evitar ver sus arrugas y las ojeras oscuras bajo sus ojos. “Los años no han pasado en vano.” Apenas lo pensó la voz de nuevo se dirigió a ella, “No importa cuántos años pasen, para el Jefe Supremo siempre serás preciosa.” Sin poder evitarlo, lágrimas se juntaron en sus ojos. Había pasado mucho tiempo desde que alguien le había dicho algo tierno. Ya no temía tanto el encuentro con el Jefe Supremo, pero estaba muy intrigada del por qué alguien con tanto poder se molestaba en decirle cosas tan lindas.
            El elevador llegó al último piso y se abrieron las puertas. La belleza del lugar la dejó sin aliento. Por todos lados había enormes ventanales que dejaban ver un paisaje sin igual. A lo lejos se podía contemplar las montañas del sur y el mar que titilaba en la luz del día. Al Norte estaban los bosques verdes donde crecían todo tipo de frutas, y al este podía verse el desierto de Jaryla que, a pesar de ser extremadamente seco, vibraba con todo tipo de vida y producía gran riqueza de gemas. Estaba observando esta preciosa escena cuando una mujer la llamó por su nombre. “¿Le podría servir algo que tomar?” le preguntó amablemente. “No gracias, le respondió. Solo quiero quedar mirando esta vista tan bella.”
            La secretaria del Jefe Supremo sonrió y la dijo, “Yo suelo quedarme mirando también. Todo lo que ves desde aquí habla del poder del Jefe Supremo.” “¿Qué?” inquirió la señora. “¿Todo lo hizo él?” “Si, definitivamente,” respondió la secretaria. “Hace muchos, muchos años Él dividió las aguas, formó la tierra, puso las estrellas y el sol y la luna en los cielos…y como si fuera poco, tomó un poco de tierra e hizo al hombre.” “¿Y la mujer?” indagó con curiosidad la señora. “¿Qué hay de nosotras¿” Sonrió la secretaria. “Al hombre le hizo caer en un sueño profundo y tomó una de sus costillas. “De esa costilla hizo a la mujer.” La miró sorprendida la mujer mayor. Cuando por fin juntó de nuevo la cordura y le estaba por responder, sonó el timbre del intercomunicador. La secretaria fue apresuradamente a su escritorio y levantó el auricular. “Sí, Señor. Ya le hago pasar.” De repente la señora comenzó a temblar. Miró una vez más por la ventana y se dijo, “Todo eso hizo él. Y ¿quiere hablar conmigo?”
            Cuando la secretaria abrió la puerta de las dependencias del Jefe Supremo, ella levantó un pie en un intento de caminar pero encontró que sus piernas no le obedecían. Entonces se dio cuenta cuánto temía ese encuentro. Casi dio la vuelta para correr, pero no podía mover. Simplemente quedó ahí, clavada al piso. “Adelante, señora,” le sonrió. Se acercó a ella y la tomó suavemente del brazo, ayudándola a pasar hacia adentro. Una vez ahí, las puertas se cerraron lentamente sin hacer ruido.

martes, 29 de enero de 2013

LA SAL DE LA TIERRA


En estos días aprendí algo muy interesante. !Tiene que ver con la sal y las vacas! Tengo que admitir que acerca de la ganadería sé poco o nada. Sin embargo, un amigo quien obviamente sabe más que yo acerca del tema comentó algo que me hizo reflexionar. Él comentó que a las vacas les dan sal porque aumenta su sed y eso hace que tomen más agua, lo cual favorece una buena producción láctea. Para corroborar lo que él dijo, busqué la información correspondiente y lo que encontré me impresionó aún más. 

“La sal es agregada de manera exagerada a la dieta de las vacas  para estimularles el apetito. Las cantidades llegan hasta la insólita cifra del 2% del peso total de alimento seco de las vacas. El apetito no se incrementa porque les da más sed. La explicación técnica es que, en síntesis, el aumento de apetito se da al ser estimulados los iones de cloro dentro del organismo de las vacas con ese exceso de sal, activando una señal de "necesidad de comer" en los sistemas digestivo y luego nervioso de los animales. Y sí que resulta para la ganadería, pues se ha demostrado que al aumentar la ingesta de sal en grupos completos de vacas, la producción de leche aumenta hasta en un 15%.”

Les explico por qué me conmueve tanto esto. Jesús dice esto por nosotros: Ustedes son la sal de la tierra. (Mateo 5:13) Parte de mi función en esta tierra, como hijo de Dios y sal de la tierra es dar sabor a la vida, como lo hace la sal a una comida; y activar la sed y el hambre de la gente por Dios. ¡Qué gran tarea Dios nos confía! Mi vida debe ser tal que cuando las personas me observen, me escuchen y me conozcan tengan tanta necesidad de Dios como la vaca precisa del agua y el alimento después de consumir la sal.

Entonces yo estaré cumpliendo el propósito soberano de Dios. Con mi testimonio de vida estaré creando oportunidad para que otra promesa de nuestro Buen Dios sea cumplida: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados" (Mateo5:6). 

Señor 
Ayúdame a vivir de acuerdo con tus estatutos. Quiero ser tan lleno de Ti, que nadie pueda acercarse a mi sin ser afectado por Ti. Lléname de Tu Espíritu; y que mi vida sea la sal que en muchos crea sed y hambre de Ti. 
Amén


lunes, 28 de enero de 2013

INTERRUMPIDA


En Juan 17: 15 Jesús dice: No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. Está hablando a Su Padre de nosotros. ¡Y qué cosa dice! Sus palabras son la base, o lo deben ser, de lo que es la iglesia cristiana desde Su ascensión hasta el día de hoy. No somos del mundo, pero estamos en él. Somos hijos del Único Dios Viviente, pero habitantes de un mundo caído. 

Jesús aclara al Señor que no nos quite de este contexto turbulento y le pide que nos guarde. ¿Por qué? Imaginen nada más si el plan de Dios era que, al aceptar uno a Cristo como su único y suficiente Salvador, fuera arrebatado y llevado directo al cielo, a gozar de la vida eterna en la presencia de Dios. Sería maravilloso ¿no? Obviamente Él podría haberlo hecho así, o de cualquier otra manera, porque Él es Dios, pero escogió, conforme a las palabras de Jesús, no quitarnos del mundo. Siendo así, tenemos que entender que hay razones muy buenas por qué nos quedamos aquí. Jesús le pide a Su Padre que nos guarde del mal porque sabe que es una realidad con la cual tendremos que vivir. Sabe que enfrentaremos luchas y batallas en este mundo, y que no sería fácil vencer. 

En Juan 17:18 Jesús dice “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo”. No solo es la voluntad de nuestro Dios que quedemos en este este mundo, sino que seamos enviados directamente hacia él, a luchar y, en medio de dificultades, a vencer. Al escudriñar este versículo vemos que Jesús nos manda al mundo de la misma manera en que Su padre le envió aquí. Entonces, para saber cómo Él nos envía, debemos comprender Su propósito en la tierra. ¿Qué hizo Jesús aquí? Sanó, restauró, liberó, enseñó, discípuló, murió y venció. ¡Qué gran ejemplo nos da nuestro Maestro! Nuestro corazón debe romperse por lo que rompe el corazón de Dios. No podemos ser hijos suyos sin amar al prójimo. 

Una persona quien amó al prójimo es un personaje de una de las parábolas que Jesús contó. En esta historia, hay una persona necesitada y tres posibles ayudantes – tres personas quienes fueron “enviados al mundo”. Lucas 10 nos cuenta de un hombre quien estuvo tendido en el suelo, herido y necesitado. Los que pasaron de largo no fueron personas malas. Simplemente estaban demasiado ocupados. Iban camino a su siguiente reunión o evento religioso, y ayudar a este hombre exigía tiempo y esfuerzo. Exigía salir de su agenda personal. Un hombre samaritano, “viéndolo, se compadeció de él. Se acercó,” le curó y le hizo atender. Este hombre tuvo que dejar de lado otras cosas, y acercarse. No había, ni habrá, otra forma de hacer el propósito del Padre.

El samaritano tuvo que acercarse para poder ayudar. ¿Dónde estás tú hoy? ¿A qué personaje de esta historia le pareces? ¿Estás camino a tu siguiente evento o reunión? ¿Estás dispuesto a interrumpir tu agenda para cumplir la de Dios? Quisiera pensar que yo soy como el buen samaritano, pero lamento tener que admitir que a menudo soy más como los otros dos. Las normas y las responsabilidades se vuelven tan importantes que cuesta salir de ello y hacer la milla extra.

Creo que la pregunta más importante no es cómo quien hayas sido en el pasado, sino como quién decides ser a partir de hoy. ¿Vas a seguir de largo o vas a cruzar la calle e involucrarte? La compasión no es compasión sino va acompañado de acción. Es real solo cuando nos dejamos interrumpir por aquello que mueve el corazón de Dios. Jesús muchas veces fue interrumpido para sanar y restaurar. Amar para Él siempre fue acompañado por buenas obras. Cuando Jesús se acercó a nosotros, el cielo fue interrumpido. Su prioridad fue y es la misma que tiene su Padre: tú y yo. No hay nada que a Dios le importe más que la gente. Nunca hubo agenda más importante para Dios que nosotros. 

Considerando esto, si miramos alrededor qué tristeza causa lo que vemos. ¿Cuántas personas hoy día realmente tienen Su propósito como prioridad? No perdemos la esperanza, porque la tenemos puesta en Jesús. Él vive en nosotros y nos envía a un mundo sin esperanzas. ¡Dios nos quiere usar! Estoy segura que la gran mayoría de los creyentes alguna vez pasamos al altar después de prédicas que nos han impactado y de rodillas clamamos “¡Señor, úsame!” Después de haber conocido a Cristo como único y suficiente Salvador, muchos sentimos el deseo de servir a Aquel de quien nos hemos enamorado. Sin embargo, es también a partir de aquí que muchos se trancan. Es que queremos ser usados pero también queremos estipular cómo hacerlo. El que es músico, se ve cantando o tocando ante multitudes; y el que habla en pública, quiere predicar en estadios; y así sucesivamente. ¿Y si es la voluntad de Dios llevarte hasta los confines de la campaña, donde no hay ni micrófono ni bafle, para sanar, liberar y restaurar mientras cantas o predicas? Su agenda no es tu agenda. Y Él no necesita ver tu nombre en luces, ni nadie más. El que te rescató lo hizo para rescatar a otros. El que dejó el esplendor del cielo para la pobreza de la tierra lo hizo para que la tierra pudiera tener entrada al cielo. 

Probablemente el momento en que más serás usado por Dios no es cuando tu nombre esté escrito en luces, o miles te estén mirando; sino cuando, en un helado día de invierno, quites el abrigo de tu espalda y lo pongas a una persona quien tiembla de frío. Nadie te ofrendará aplausos. Nadie te quitará una foto. Pero en el cielo el Señor de Señores estará derramando lágrimas de felicidad. Le puedo oír decir, “Este es mi hijo, en quien tengo complacencia.”

Somos salvos por gracia con un propósito. Efesios 2: 10 dice "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". Nos enseña que las obras que Dios preparó para cada uno, las hizo ANTES. Esto significa que Él escribió un plan personal e individual para cada persona antes de que esa persona existiera. Es una verdad que me estremeció cuando lo entendí, porque significa que: hay cosas que están en mi “perfil de hija de Dios” que nadie más tiene; que el Dios Todopoderoso está confiándome cosas (¡a MI!); y que Él y yo estamos juntos en la ejecución de un plan escrito por Él (y Su plan es bueno, agradable y perfecto) hace mucho tiempo, y que tiene connotaciones eternas. ¡Desde ese momento la vida nunca más ha sido aburrida! Esto es verdad para tu vida también. Recibe esa verdad ahora y nunca mires para atrás. 

Ahora quiero llevar esa verdad a otro nivel. Mira a alguien que está cerca de ti. Quizás estés en tu casa, o en tu estudio o trabajo. No importa. Mira a alguien, aunque sea alguien que esté pasando por la calle. Dios escribió para esa persona un plan, y el deseo de Su corazón es que él o ella esté con Él por la eternidad. Esa persona es hechura Suya, creada en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que él o ella anduviese en ellas. 

Primero debemos preguntar a nosotros mismos si estamos “andando en ellas”. Definitivamente, cuando miramos alrededor es tan fácil encontrar a personas quienes no lo hacen. Ahora, mientras escribo esto, llegan noticias de un incendio en el Brasil. En una discoteca más de doscientos personas han muerto. De una cosa estoy segura: esas personas no estaban andando en las buenas obras que Dios había preparado para ellas de antemano. ¡Cuán astuto es el diablo y cuántas vidas ha robado en una vez! No juzgamos. Entre “ellos” y “nosotros” hay una línea muy fina. Los que no conocen a Cristo son pecadores en necesidad de perdón, y los que tienen a Cristo son pecadores perdonados. No hay un “ellos” y un “nosotros”, sino un solo Dios, lleno de gracia; y la humanidad, muy necesitada de ella. La bendición de conocerle es ser usado para que otros también reciban Su misericordia. Que nos use es una locura, es ilógico; pero es Su plan. Los perdidos – los que no conocen a Jesús – no son solo un número. ¡Son hechura de Dios! Son personas por quienes Jesús murió. ¿Qué puede ser más importante que las personas?

Dios anhela derramar Su gracia sobre todos. Quiere cumplir Su plan para cada vida, pero cómo sabrán si no les contamos? (Romanos 10:14). Es para libertad que Cristo nos liberó. No se trata de ser bendecido, sino de comprender que la mayor bendición es ser bendición para otros. 

Termino con una historia. Una nena quiso una linterna. Le pidió a su mamá que le comprase una. En la siguiente visita al supermercado, le hizo recordar a su mamá acerca de su pedido y se la compró. Estaba muy emocionada con su regalo. Le costó mucho esperar hasta llegar a la caja, pagar por la linterna y las pilas y que su mamá las coloque para que anduviera. Mientras su madre salía con las demás compras, la niña prendía vez tras vez su linterna. Muy frustrada, dijo estas palabras a su madre,: “¿Mamá, podemos ir a encontrar un poco de oscuridad?” Sin darse cuenta, ella había declarado una gran verdad, que la mayor parte de la iglesia no comprende aún: la luz fue hecha para la oscuridad. 

Es tiempo de ser interrumpidos en nuestra agenda, para fijar Su agenda como la nuestra. Es hora de poner a Su último mandato como nuestra primera prioridad. Somos hechura de Dios, cada uno con un propósito escrito de antemano. ¿Lo estamos cumpliendo? 

Señor, perdóname por haberme concentrado en lo que yo quiero más que en lo que Tú anhelas. Perdóname por no haber hecho Tu prioridad la mía. Padre ¿a qué me llamas? ¿Cómo puedo yo poner a Tu disposición mis talentos, capacidades y recursos – todas cosas que he recibido de Ti –para alcanzar a aquellos a quienes creaste con un propósito? Interrúmpame.  Me rescataste. Me has hecho libre. Que mi vida sirva para que otros sean traídos a la libertad. Mientras haya hijos tuyos dispuestos a ser interrumpidos para hacer cumplir Tu agenda, ¡el enemigo no tendrá victoria! Llévame a dónde Tú quieras. Cumpliré Tu propósito, y llevaré la Verdad a dónde vaya. La libertad que me has dado es para libertad.
Amén