miércoles, 29 de marzo de 2017

EL ABORTO Y YO III

Mi experiencia más cercana con el aborto sucedió en el año 1999. Ahora me doy cuenta que mis vivencias anteriores me habian preparado para este momento. Mi tercer hijo tenía meses cuando un día comencé a sentirme muy mal. No tenía fuerzas y no soportaba el cansancio. En un principio pensé que sólo era agotamiento físico pero a medida que pasaban las horas comencé a preocuparme. Para la noche apenas podía levantar la cabeza. A la madrugada fui al baño y me asusté al mirar en espejo. Tenía las glándulas del cuello muy inflamadas. Con una sola mirada supe. Tenía parotiditis, mejor conocido como papera.

Las siguientes semanas fueron terribles. Nunca había tenido papera y me tomó muy mal. Fiebre muy alta y tremenda inflamación acompañados por dolores de cabeza y cuerpo me dejaron casi moribunda. Luego comencé a vomitar y, sin poder ingerir nada, me deshidraté. Como resultado tuve una infección de riñón. A consecuencia de más de dos semanas en cama, la columna vertebral se me inflamó, quedé inmóvil y me dieron remedios fuertes para solucionarlo.

Luego de tres semanas en la cama comencé a sentirme mejor. De a poco recuperé las fuerzas y me levanté de nuevo. Me llamó la atención que no había menstruando pero supuse que era debido a la situación que había pasado. Era de esperar ¿o no?

Para resumir, descubrí que estaba embarazada de mi cuarto bebé. Los doctores me dijeron que sencillamente no había manera que saliera bien, considerando cada complicación que sufrí y los remedios fuertes que había tomado. Me aseguraron que ameritaba un aborto y hasta me insistieron en ello. Algunas personas cercanas a mi tomaron la misma postura, alegando que ya tenía un bebé en brazos, que no teníamos los medios necesarios para solventar una criatura con necesidades especiales y que mis otros hijos sufrirían a consecuencia.

Tengo que retroceder un poco para contar cómo supe que estaba embarazada. Antes de hacer el test y confirmar mi gravidez mientras oraba el Espíritu Santo me lo hizo saber. En la profundidad de mi corazón simplemente lo supe. Mi respuesta instantánea a Su voz fue, "Como venga le voy a amar".

Cuando me insistian que abortara a mi hija, yo me aferré a Dios. No fue un tiempo fácil pero Él  me ayudó. Me tuve que plantar y defender a ella aún antes de que naciera.

Hay mujeres quienes hoy dicen que tienen el derecho de escoger si abortar o no porque estamos hablando de su cuerpo. Esto es mentira. Un feto es un cuerpo dentro del nuestro. Tenemos el privilegio de darle un espacio para desarrollarse pero es un individuo. Por eso tenemos náuseas al inicio del embarazo - nuestro cuerpo identifica un cuerpo extraño y reacciona a consecuencia. Es por eso que el niño o la niña le puede parecer a la madre pero no es su clon - porque es un individuo.

Felizmente di a luz a una hermosa y sana niña. Ella fue mi bebé más grande y más fuerte. Nuestra familia sería incompleta sin ella. Su sentido de humor, su amor incondicional, su cariño y su inteligencia son cosas que la hacen irremplazable. Hay un lugar en este mundo que Dios preparó sólo para ella y si no estuviera, nada sería igual.

Me han preguntado otras mujeres cómo pude resistir a la presión y al temor de que podría nacer con serios problemas. En parte, la historia de mi mamá me ayudó a saber que el aborto destruye la vida del hijo y de la madre, y eso no quería; pero por sobre todo la Palabra de Dios me mostró la verdad:

Tú creaste las delicadas partes internas
de mi cuerpo y me entretejiste
en el vientre de mi madre.
¡Gracias por hacerme tan maravillosamente complejo!
Tu fino trabajo es maravilloso,
lo sé muy bien.
Tú me observabas mientras
iba cobrando forma en secreto,
mientras se entretejían mis partes
en la oscuridad de la matriz.
Me viste antes de que naciera.
Cada día de mi vida estaba
registrado en tu libro.
Cada momento fue diseñado
antes de que un solo día pasara.
Salmos 139:13‭-‬16

lunes, 27 de marzo de 2017

EL ABORTO Y YO II

Cuando somos niños nuestros padres son super héroes. Luego crecemos y comenzamos a discernir que son humanos. Vemos sus errores y nos atrevemos a decir que nunca seremos como ellos. Luego crecemos, maduramos y nos convertimos en padres - y los admiramos porque, estando por fin en sus zapatos, nos damos cuenta que ellos hicieron bastante bien un trabajo que a nosotros nos está costando.

No sé si esto ha sido tu experiencia pero confieso que ha sido la mía. Recuerdo un amanecer hace unos cuantos años cuando una vez más había pasado la noche sin dormir con mi primer bebé; y haber pensado en mi mamá, quien había criado y educado a cuatro hijos. Ya ni recordaba mis años de rebeldía y critica hacia mis padres. Sólo me llenaba una profunda admiración hacia ellos y en especial hacia ella. A la luz tenue del sol naciente me pregunté , "Cómo lo hiciste?".

Siempre fui una hija aplicada. La menor de cuatro, desde chica he tenido una afinidad con las palabras. Aprendí a leer a los cuatro años, no sé cómo. Al entrar en la escuela leía libros y escribía. Son pasiones mias. Siempre tuve buenas calificaciones y además siempre estuve involucrada en actividades deportivas y culturales. Mi tiempo estaba ocupada en cosas buenas y mis padres estaban orgullosos de mi.

Sin embargo una tarde sucedió algo que me afectó mucho e hizo que cambiara de actitud. Estaba sentada a la mesa de la cocina, escribiendo o haciendo la tarea, cuando entró mi mamá acompañada de una amiga suya. Les preparó un te y mientras lo hacía conversaban. Yo seguía concentrada en mi trabajo mientras con un oído atendía la conversación. En un momento escuché a mi madre, "No ves Laura. Ella es una campeona y no puedo imaginar la vida sin ella. Y pensar no más que traté de abortarla".

Yo ahora puedo entender que Mamá contó esta verdad como un testimonio. Habrán estado hablando de las decisiones de la vida o de como Dios bendice, y ella habrá querido ilustrar que a pesar de sus errores Dios es soberano y fiel. Sin embargo, mi corazon se estremeció. Ni una palabra dije ni me moví, pero en ese momento comencé una lucha que duró años.

Me convencí de que nadie me quería. Al final, ni mis propios padres me habían querido verdad? O por lo menos así deduje. Comencé a rebelarme a consecuencia de la tristeza que sentía. Llegué a tal punto de enojo y dolor que ya no medía el por qué estaba asi. Era algo que no podia controlar y mis padres no entendian por qué yo habia cambiado.

Años después recién pude conversar con mi mamá acerca del tema. Cuando le conté ella lloró. No hacia falta que me diera explicaciones. Para cuando eso yo ya entendía mucho más. Dios se habia encargado de corregir mi forma de pensar. Me había enseñado que soy hechura suya y que antes de la fundación del mundo Él ya me había pensado. Entendí que no soy un accidente y que, aunque mis padres en un momento de debilidad casi habían cometido un grave error, Él me había guardado.

Romanos 8:28 dice asi: Y sabemos que Dios hace que todas las cosas cooperen para el bien de quienes lo aman y son llamados según el propósito que él tiene para ellos(NTV). A pesar de que fue duro para mí, obró para bien en mí. Tomé una postura en contra del aborto y a favor de la vida que años después iba a ser probada. Esa historia cuento en el siguiente capítulo.

domingo, 26 de marzo de 2017

EL ABORTO Y YO I

En este tiempo en el que hay tanto ruido acerca del aborto, me siento impulsada a compartir mi historia. Lo haré en tres partes porque son tres capítulos distintos. Es mi oración que lo que yo viví te sirva y te bendiga.

A mi madre le practicaron un aborto legal antes de nacer yo. En el primer trimestre del embarazo ella se enfermó de rubeola y los doctores le aseguraron que no había forma de que el bebé naciera sin malformaciones y retraso intelectual, y le aconsajeron abortarlo. Ella y Papá aceptaron porque no se sentían preparados en ningún sentido como para enfrentar semejante desafío.

Unos años después yo nací. Fui testigo durante toda mi vida de lo que es la secuela del aborto. Mil veces escuché a Mamá mencionar a ese bebé. De alguna forma ella supo que fue varón y sin sombra de duda, habló de él como si le conociera. Siempre expresó dolor y  profundo arrepentimiento cuando le mencionaba. Más de una vez escuché a ella decir que si tan sólo habia tenido más fe, si le habría depositado en las manos de Dios, todo iba a ser diferente. Varias veces le encontré llorando, y me explicaba que había estado pensando en mi hermano.

Una noche cuando yo era adolescente mayor, probablemente terminando la escuela secundaria, Mamá tuvo una experiencia a la madrugada que trajo paz a su corazón. Dios obra de manera misteriosa. Hace lo que Él sabe es apto para cada situación. Estoy segura que Él, buen Padre y fiel, vio la angustia de ella y permitió unos segundos que cambiaron todo.

Ella siempre se levantaba a la madrugada para ir al baño. Como todos dormíamos a esa hora, era su costumbre dejar la puerta del baño abierta. La noche en cuestión no fue una excepción. Se levantó y semi despierta llegó al baño.  Se sentó y unos segundos después división en el pasillo la forma de un hombre. Era alto y pelirrojo (como ella) de hombros anchos. Le daba la espalda. Cuando le vio, en su corazón supo quien era. Comenzaron a correr sus lágrimas y le dijo solamente "Eres tú ". Al hablar ella, él se dio lentamente la vuelta. Vio que tenía ojos claros (como mi papá). Sonrió y desapareció.

Estoy convencida que Dios permitió que Mamá tuviera ese encuentro para que su corazón de madre encontrara paz. Y así fue. Ella me contó que no pudo explicar cómo pero supo que él estaba bien y que quería que ella supiera eso. Mamá luchaba todos los días con la carga de haber matado a su bebé pero Dios la hizo ver qué bajo Su cuidado su hijo había crecido y estaba bien.

Muchas mujeres consideran al aborto como la solución a un problema. Sin embargo, no dimensionan las secuelas emocionales, psicológicas y físicas que deja. Dios nos dio una faceta única:la de ser dadoras de vida. Honestamente creemos que podemos ir en contra de quienes somos sin vivir las consecuencias?

Estoy tan agradecida con Dios por haber tratado con el dolor de mi madre. También estoy feliz porque sé que ella ahora está con Él, con Papá y con el hijo quien ahora por fin ve cara a cara.

martes, 10 de enero de 2017

ANHELADA LIBERTAD

La Biblia es la Palabra de Dios. Es Su manual para la humanidad. Es vida y es sabiduría. No tiene límites. No importa cuánto tiempo pases estudiándola siempre Dios te hablará a través de ella y sin falta descubrirás nuevos tesoros en ella.

Pueden surgir problemas al estudiar la Biblia si tomamos todo de forma literal o si nos agarramos de uno o dos versículos sin considerar el contexto. Y esto lastimosamente ha sucedido a menudo,  en especial en cuanto a las mujeres.

Uno de los textos bíblicos más controversiales acerca de las mujeres se encuentra en 1 Corintios 14:34‭-‬35: "vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice. Y si quieren aprender algo, pregunten en casa a sus maridos; porque es indecoroso que una mujer hable en la congregación."

Tengo que confesar que la primera vez que leí este texto me sentí profundamente herida. Las mujeres sabemos lo que es ser oprimidas, y esto no lo estoy diciendo desde una perspectiva feminista. Desde que eramos niñas hemos oído palabras denigrantes; muchos nos trataron solamente como objetos; y vivimos el rechazo de nuestra persona solo por ser mujer, a pesar de ser muy capaces.

La opresión de la mujer no es algo nuevo. Desde el Jardín del Eden el enemigo trata de eliminarnos y a través de los siglos las mujeres hemos sufrido horrendos ataques a nuestra persona,  en todas las culturas,  lugares y grupos sociales.

Fue por eso que cuando leí el texto mencionado me sentí tan golpeada. ¿Acaso el Apóstol Pablo era solo otro opresor? ¿Cómo podía mi Padre apoyar algo así? ¿Si él decia que nosotras nos callaramos,  entonces por qué tengo un llamado a predicar la Palabra, como muchas más? Lo único que pude hacer fue confesarle a Dios cuán molesta me sentía y pedirle que me ayudara a entender.

Y Él lo hizo.  He descubierto algunas cosas acerca de ese pasaje que me han traído paz y quiero compartirlas contigo.

Primeramente,  Pablo escribía a la iglesia en Corinto. Tenía problemas específicos y él dirige varias cartas a ellos,  enseñándoles y exhortándoles a corregir su camino. Entre diferentes temas tratados están la inmoralidad sexual,  el trato entre marido y mujer y,  sí,  las mujeres en la congregación.

En Corinto había un problema real: el desórden. Existían maestros falsos quienes enseñaban mentira y distorsionaban la Palabra. En el caso del texto mencionado,  cierto desórden  provenía de mujeres quienes en las reuniones en el templo estaban haciendo preguntas en voz alta y fuera del tiempo correcta. Para entender esto,  hay que analizar lo que había pasado.

En la época,  las mujeres eran muy oprimidas. No solo no tenían derecho de hablar ¡sino que ningún derecho tenían! Ni siquiera recibían educación alguna. Se consideraba que educar a una mujer era una pérdida de tiempo. Durante siglos,  inclusive milenios,  había sido así.

Y entonces llegó Jesús. De muchas maneras Él demostró ser la Persona más justa de todos. Nunca apartó ni maltrató a las mujeres y las dió lugar en Su ministerio,  sin ninguna discriminación. Él murió,  resucitó y ascendió; y nació la iglesia. La iglesia no es Jesús. Está compuesta por personas y, aunque es divina y gloriosa,  siempre está propensa al error - como la iglesia en Corinto.

A pesar de sus posibles errores, la iglesia era un lugar donde las mujeres encontraban lo que tanto anhelaban. Podían aprender,  participar y crecer; pero la anhelada libertad quizás haya sido difícil de manejar. Ellas lanzaban preguntas a los hombres,  no con intenciones de cuestionar sino con hambre de saber más. Era como un manantial que había estado tapado durante mucho tiempo y una vez destapado,  era dificil de contener.

Pero hay más.

Pablo menciona una ley. ¿De qué ley estaba hablando?  La Ley dada por Dios no hace mención alguna de este tipo de restricción. Las Escrituras nunca habían prohibido a la mujer hablar. Es más,  el Antiguo Testamento da varios ejemplos de mujeres líderes,  juezas y profetizas. Servían al Señor y con toda autoridad.

¿Por qué mandaría a las mujeres hablar con sus esposos en la casa de asuntos espirituales, siendo que muchos de ellos estaban aprendiendo recién acerca de Dios y Su Palabra? No olvidemos que la iglesia en Corinto era relativamente nueva.

Pablo había ordenado a mujeres como Febe y Junias como apóstoles. No tiene sentido que ahora diga que es indecoroso que una mujer hable en la congregación.

La escritura griega no tiene comillas,  como en el español. Se ubica al final de la cita un símbolo como la de la imagen.  Resultase que en el original,  los versículos 34 y 35 tienen al final este símbolo. Indica que no fue él quien escribió esas palabras,  sino que él citaba a otro. Siendo así ¿a quién citaba? 

En 1 Corintios 7:1 Pablo dice: "Ahora, en cuanto a las preguntas que me hicieron en su carta... ". El apóstol los citaba a los líderes quienes le habían escrito,  contándole de sus problemas. El tono machista no era de Pablo,  sino de los hombres corintios.

La iglesia en Corinto,  como otras,  estaba siendo dirigida por hombres con un trasfondo judío. Lastimosamente, esa corriente estaba haciendo mucho daño a una iglesia naciente. El mismo sentir religioso de los fariseos que buscó sin descansar matar al Mesías estaba corrompiendo el mismo organismo que debía transformar al mundo con Su poder.

Los religiosos siglos antes habían "ampliado" la Ley hasta crear un sistema que condenaba al ser humano,  lo cuál nunca fue el propósito de Dios. Esa Ley era imposible de cumplir e incluía cosas ridiculas acerca de las mujeres como:
- el ciclo menstrual de la mujer es una maldición sobre las mujeres (no tomaron en cuenta que gracias a ese ciclo ellos pudieron nacer).
- una mujer debe siempre cubrir la cabeza porque es objeto de vergüenza.
- si una mujer no acepta el control de su esposo él debe divorciarse de ella.
- una mujer no puede encender la lámpara del Sabbath porque por culpa de ella Adán encontró la muerte.

Este tipo de regla nunca nació de Dios. Solo los religiosos,  quienes no conocen al Dios Padre de hombres y mujeres, pueden apoyar algo así.

Pablo citó la tradición religiosa machista en los versículos 34 y 35; y responde a partir del 36 diciendo: "Acaso ha salido de vosotros la palabra de Dios, o sólo a vosotros ha llegado? Si alguno se cree profeta, o espiritual, reconozca que lo que os escribo son mandamientos del Señor. Así que, hermanos, procurad profetizar, y no impidáis el hablar lenguas; pero hágase todo decentemente y con orden."

El apóstol los llamó la atención. Basicamente les dijo,  "No entienden la Palabra. No conocen el corazón de Dios. No es como ustedes creen sino como yo,  maestro enviado por Él,  les estoy enseñando." Sus palabras aclaran que nadie tiene por qué impedir a otra persona el hablar,  el participar,  el crecer; pero que todo se haga de forma ordenada.

Todo esto me lleva de vuelta a mi Padre. Él no discrimina ni oprime. Él levanta,  alienta y promociona. Es Él Quien llama y no hace distinción de género. Busca un corazón entregado y una voluntad predispuesta.

Para terminar,  te quiero desafiar,  mujer. Escudriña la Palabra de Dios. No te quedes con lo que las personas te puedan decir,  sino busca al Autor de tu vida. Él te va a enseñar y si te entregas a Él nadie,  ni hombre ni mujer,  ni costumbres,  ni tradiciones ni religión podrán impedir el cumplimiento de lo que Él diseñó para ti.

lunes, 30 de noviembre de 2015

A FAVOR DE LO ETERNO




            Un discípulo traidor. ¡Qué terrible el haberse ganado esa reputación! Sin embargo, así lo conocemos a Judas; así lo consideramos. Nos parece condenable que él podría haber pasado tanto tiempo con Jesús, haber visto todo lo que hizo y haber escuchado todo lo que dijo y aún así entregarlo a la muerte. Quiero analizar este personaje porque estoy convencida de que hay más para aprender de él de lo que imaginamos.

            Judas fue el único de los doce discípulos quien no venía de Galilea. No era un hombre cualquiera. Es por eso que Jesús le escogió para ser Su discípulo y ellos lo escogieron para ser el administrador de los fondos del grupo. Tenía talento y potencial. Me pregunto si al llamar a Judas, Jesús ya sabía qué haría este al final.

            Qué triste es el haber tenido la oportunidad de pararse frente a Cristo y no verle de verdad. Judas tuvo la compañía del Maestro durante por lo menos tres años, y aún así no comprendió con el corazón qué significa “Mesías”. Tantas personas están en la misma situación – tienen a Jesús “en frente” y no le ven. Puede ser a través de la Palabra, la iglesia o alguien quien le habla o le testifica con su vida de Él. Sin embargo aunque pase mucho tiempo, no le ven a Jesús por quien realmente es: su Salvador.

            Somos muy rápidos en juzgarle a Judas. Nos resulta impensable lo que hizo y tomamos la postura “Yo no habría hecho eso”. Sin embargo, no somos tan diferentes a él. Fue susceptible y en gran manera víctima del gran engañador Satanás, quien miente y manipula. Estoy convencida de que Judas creía que hacía bien cuando aceptó las treinta monedas y besó a Jesús en la mejilla. Podrías preguntarme, “¿Qué Laura? ¿Cómo puede uno pensar que está haciendo bien cuando se trata de entregar a Cristo para que sea crucificado?” Voy a explicar.
Creo con todo mi corazón que él no dimensionó lo que hacía. Es más, como él no comprendió la magnitud de la situación él solo vio lo inmediato, lo que Israel necesitaba: un libertador del Imperio Romano. Sus ojos estaban fijos en la vida terrenal. Si tan solo habría levantado la vista, habría visto a un Rey eterno, quien trae libertad de la muerte eterna.

            Judas recibió treinta monedas de plata por entregar a  Jesús. ¿Fue eso lo que él quería? ¿Fueron esas monedas su motivación? Yo creo que no. Sospecho que su intención fue forzar la mano de Dios a tomar acción en contra de los romanos. Sabía que en el escenario del arresto, Jesús, quien tenía todo el poder a su disposición (no olvidemos que Judas había sido testigo ocular de los milagros de Jesús), se encontraría cara a cara con las fuerzas militares y gobernantes romanos. Creyó él de que el Mesías haría algo. ¿Por qué creyó eso? Lo creyó porque solo veía lo terrenal. Lo creyó porque el motivo de su propio corazón era la revolución terrenal. Su corazón estaba tan abocado en lo pasajero que ni se imaginó que había algo mucho mayor que ganar. Es que a veces estamos tan seguros de lo que debería pasar que pensamos que seguramente Dios hará lo que queremos.

            Judas fue víctima en el sentido de que fue usado por el enemigo para lograr el arresto y a consecuencia la muerte de Jesús. Fue un peón del enemigo. Él pensaba que iba a conseguir una cosa, cuando en realidad estaba siendo usado para hacer lo más vil de toda la historia.

            Esto explica la reacción de Judas en Mateo 27. “Cuando vio lo que había pasado…” ¿Puedes imaginar cómo se habrá sentido este hombre? De repente el velo se levanta de sus ojos. Se da cuenta que no sucedió lo que a él le pareció lógico; que el Maestro, su líder y ejemplo, no había hecho lo que él había calculado; y que Él había sido condenado a morir. ¡Qué terrible revelación! El Hijo de Dios ha sido condenado a muerte y fui yo quien ayudó a que sucediera.

            Entonces lleva las treinta monedas y las quiere devolver a los líderes judíos. “He pecado,” les dice. “He traicionado a un hombre inocente.” Comprendió y confesó. Esto es más de lo que muchos hacen. Tantas personas pecan y esconden su error. Creen que pueden hacer lo que se le da la gana y engañar a la gente. Judas confiesa su error. Reconoce que ha fallado. Cuánto dolor habrá sentido al darse cuenta que el Todopoderoso Hijo de Dios iba a la cruz y que él había sido instrumental en ponerlo ahí.

            ¡La respuesta de ellos habrá sido como un balde de agua helada! “Eso es tu problema.” ¿Será que en ese instante entendió lo que realmente había pasado? No puedo imaginar cómo se habrá sentido. Lo que hace a continuación demuestra su desesperación. Tira las monedas al piso del templo, sale corriendo y se ahorca en un campo.

            A medida que vengo escrudiñando esta historia tengo que confesar que me conmueve y me confronta. Durante tantos años he visto a Judas como el hombre malo, el peor de los peores, merecedor de esa muerte solitaria. Sin embargo, veo ahora que no soy mejor que él. Verás, él no fue el único quien contribuyó a que Jesús estuviera en esa cruz. Yo tuve mucho que ver también.

            Puedo imaginar a Satanás bailando alrededor de Judas mientras extiende la mano para recibir esas pocas monedas. Quizás se reía mientras decía, “¡Este tonto! Cree que va a conseguir lo que él quiere, cuando realmente van a hacer lo que YO quiero.” El enemigo pensó que la victoria era  suya y que Judas le había ayudado en llevar a Cristo a la muerte. Sabemos que nuestro Amado murió, pero no quedó allí. Él resucitó y es por siempre Victorioso.

            De la misma manera en que Satanás lo usó a Judas (quien, por cierto, se dejó usar porque nadie le obligó a hacerlo) él nos quiere engañar cada día. A menudo solo vemos lo de hoy y queremos dictarle a Dios lo que debe hacer, cuando el Señor nos está diciendo, “No es lo que tú quieres, sino lo que Yo sé es mejor. Solo ves el ahora, pero Yo estoy obrando a favor de la eternidad.”

            Este mundo está lleno de “Judases”: personas quienes, aunque tienen a Jesús en frente, no le ven. Quizás haya algunos en tu familia. Sé que los hay en la mía. Clamemos por ellos. Seamos evangelios andantes de Cristo – no porque vivimos citando las Escrituras, sino porque la manera en la que vivimos grita del amor de Dios.


            No podemos manipular a Dios; y debemos tener mucho cuidado de querer hacerlo ya que, al igual que este discípulo, podríamos terminar siendo manipulados. El Señor sabe lo que hace. Nunca falló en Sus propósitos. Sin importar cuán difícil o cuán gloriosa sea la situación por la cual estas atravesando, puedes estar seguro de que Él sabe lo que hace. Por favor, preste especial atención a esto: no necesitamos entender lo que Él está haciendo. Solo debemos tener fe en Aquel quien es digno de toda confianza. Pidamos al Señor sabiduría, discernimiento y fe. Quitemos nuestra vista de lo pasajero y comprendamos que Él está trabajando a favor de lo eterno.

lunes, 16 de noviembre de 2015

¿CÓMO REINA UNA MUJER?


¿Qué nena no jugó alguna vez a ser reina? Con mis hermanas solíamos jugar así. Un vestido largo, los tacones de mamá, un cetro hecho de una regla y una corona inventada era todo lo que se necesitaba para convertirse en monarca. Nos imaginábamos sentadas sobre un trono, gobernando con justicia y (obvio) incomparable belleza.

Ahora, unos cuántos años después, tengo una pregunta. ¿Cómo reina una mujer hoy? No me refiero a la reina de Inglaterra o de España. La verdad es que ellas ya no reinan como antes lo hacían las reinas. Me refiero a una realidad diferente. Soy hija del Rey. Por ende soy de la realeza. Considero que mi zona de influencia (hogar, trabajo, ministerio u otra) componen mi reino. ¿Cómo hago para reinar? Más importante ¿cómo puedo ser una excelente reina?

Betsabé llegó a ser reina bajo circunstancias difíciles. Ella había sido llamada al palacio por el Rey David, quien la había deseado al ver su belleza desde su tejado. Él la tomó y ella no estaba en condiciones de negarle lo que quería. Era mujer de otro hombre, un buen hombre llamado Urías, y todo indica que ella lo amaba; pero nadie podía negar al rey lo que ordenaba. Así fue que ella encargó el hijo del Rey David, que éste trató de engañar a su esposo para que pareciera que el bebé era de él, que como no funcionó esto David le mandó matar y que ella, después del periodo de luto, se convirtió en la esposa de David y reina de Israel. ¡Vaya circunstancias que pasó! Parece una telenovela. Betsabé perdió a ese bebé pero luego tuvo otro hijo, llamado Salomón, quien fue escogido por Dios para ser el sucesor de David.

Es ya hacia el final de la vida de David que encuentro algo que responde a mi pregunta. David ya era anciano y habían traído a una hermosa virgen para que le diera calor. La Biblia aclara que nunca tuvieron relaciones. Un día Adonías, hijo de David, trató de usurpar el trono al autoproclamarse rey. Entonces Betsabé va a la cámara de David. Ella sabe que él no está al tanto de lo que está pasando y que Dios había ordenado que Salomón fuera rey. Al entrar encuentra a su esposo con la jovencita. La verdad es que ella sabía de este acuerdo. Betsabé ya no era una jovencita enamorada. Era una mujer sabia y madura. Aún así no puedo evitar qué habrá significado para ella verle así a su esposo. ¿Será que le dolió? ¿Qué habrá pensado al verlos así? No lo sabemos porque ella no dijo nada. Con  sensatez ella se inclinó ante él y le habló, comenzando con  “Mi Señor…”. Presentó al rey la verdad. Le puso al tanto de todo con mucha seriedad y mansedumbre y luego, cuando avisan que ha llegado el profeta Natán a hablar con David, ella se retira.

¡Qué ejemplo de autodominio es esta mujer! Es en la imagen de ella parada fuera de las cámaras del rey que descubro un ejemplo a seguir. Ella no se desarma, aunque el futuro de su hijo, su nación y de ella misma está en juego. No zapatea ni amenaza. Habiendo hablado con el rey no intentó manipular la situación. No le hizo recordar de promesas hechas ni hizo uso de su posición de reina y madre del futuro rey. Simplemente presentó la verdad sabia y sencillamente y se retiró a esperar.

Lastimosamente debo decir que en mi vida he visto demasiadas veces cuán hábiles somos las mujeres en el arte de la manipulación. Sabemos lo que quiere el hombre y en milisegundos, a veces sin siquiera tener que calcular, hacemos y decimos aquello que va a llevar la situación a nuestro favor. Estamos al tanto de lo que nos corresponde y sin titubeos usamos nuestras habilidades femeninas a la perfección. Si eso falla, las cosas se pueden poner muy feas. Pregunto, ¿así es cómo actúa una reina?

Tantas veces he escuchado a mujeres casadas decir que a su esposo no le contó algo o solo le contó parte o directamente le dijo otra cosa que no sea la verdad. ¿Por qué? Porque se iba a enojar. O porque las cosas iban a terminar de tal forma (los conocemos bien y sabemos cuál será su decisión – o eso creemos). Las jovencitas a menudo hacen esto con sus padres. “Mamá no va a entender” o “Papá si sabe me saca el teléfono”. A veces, en discusiones con la gente nos hacemos de la víctima. “Vos me prometiste…” o “Vos nunca me das el gusto”. En síntesis, manipulamos.


Betsabé actuó con madurez y prudencia. Se rindió ante el rey, sin buscar lo suyo. Presentó su caso y se retiró. David escuchó al profeta quien confirmó lo que Betsabé le acababa de contar y él tomó una decisión a favor de Salomón. Pero ¿si no había sido así? No siempre salen las cosas como nosotras las querramos. La voluntad de Dios se hará. No necesita de tu ayuda para que se cumpla. Betsabé tomó sus riesgos sin buscar forzar los resultados. Se sometió y fue paciente. Confió en su Padre quién guió a David. Así es como actúa una reina.

lunes, 21 de julio de 2014

AMOR Y RESPETO

Muchos textos bíblicos han sido usados para aplastar a la mujer. Puedo asegurar que la voluntad de Dios nunca fue eso. Él no dio al varón la autoridad para que se convierta en abusador, sino para que sea protector. La Biblia es clara en cuanto a que el varón debe amar a la mujer de tal manera que Cristo amó a la iglesia. Ahí no hay lugar para abuso. Llama a la muerte de sí mismo para el bien de ella.

Lastimosamente, a menudo lo que dice en 1 Pedro 3: 1 al 2 es malinterpretado y usado para truncar a muchas mujeres en su propósito: “De la misma manera, ustedes esposas, tienen que aceptar la autoridad de sus esposos. Entonces, aun cuando alguno de ellos se niegue a obedecer la Buena Noticia, la vida recta de ustedes les hablará sin palabras. Ellos serán ganados al observar la vida pura y la conducta respetuosa de ustedes.” (NTV)

Primeramente, hay un contexto histórico que no se puede ignorar. Muchas  mujeres habían entendido el mensaje de Cristo y estaban dentro de la iglesia, pero sus esposos no. Muchas hoy día están en la misma situación, y no es fácil. A veces el hombre directamente se opone a la fe de su esposa o es abusivo. La carga puede volverse demasiado pesada para la esposa. Existe la tentación de terminar la relación, de dejarle al esposo y de seguir su propio camino. Pedro las está aconsejando en qué hacer. Dice que no se opongan a la autoridad de su esposo, sino que le permitan llenar el rol del marido y que le ganen “con la vida recta” que “les hablará sin palabras”.

Las mujeres a menudo fallamos en no entender cómo son los hombres. Creemos que piensan como nosotras pensamos y no es así. No es coincidencia que en Efesios 5:33 diga “Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.” Dios nos da instrucciones muy importantes que nos ayudan a comprender que necesita él, qué necesita ella. Es que no somos iguales y nuestras necesidades primordiales no son las mismas. La mujer debe ser amada. Obviamente también debe ser respetada, pero nuestra necesidad es de AMOR. El hombre, sin embargo, precisa primordialmente de RESPETO. Necesita saber que es admirado porque esto permite que él llene el rol varonil de autoridad que Dios le ha otorgado.

Volviendo al texto anterior, lo vemos ahora en otra luz. A las mujeres no se nos enseña que debemos someternos a la autoridad del hombre porque seamos menos o porque necesitamos ser dominadas, sino porque tanto el hombre como la mujer tiene un papel diseñado por Dios y necesitamos ser sabias para dejar al hombre cumplirlo. Cuando entendamos que el hombre tiene autoridad, no para aplastar y abusar sino para ser responsable ante Dios por la protección y guía que debe brindar, somos libres para ser nosotras mismas sin tener que usurpar el lugar del hombre para ser alguien.

Hay precioso descanso para la mujer quien está en un matrimonio donde el hombre la ama como Dios enseña. Pero ¿qué hay de la mujer quien está casada con un hombre quien no la ama de esa manera? Es una pregunta difícil con una respuesta delicada. La repuesta de Pedro es clara: “la vida recta de ustedes les hablará sin palabras. Ellos serán ganados al observar la vida pura y la conducta respetuosa de ustedes.” Cuán precioso es ver como una mujer respetuosa, decorosa y sabia gana a su familia para Cristo con el amor y la paciencia. Hay muchos testimonios de             que esto sí es posible. Dejar al esposo inconverso por un hijo de Dios no es la solución. Dios desea que él sea salvo y está dando a la mujer el poder para lograrlo, con una vida entregada que grita de Su poder.

Aclaro que con esto no estoy diciendo que una mujer debe quedar en una relación donde hay abuso. Cuando un hombre maltrata a una mujer, ella tiene que buscar ayuda. Cuando Dios habla de someterse nunca se refiere a que la mujer debe permitir al hombre hacerle lo que quiera. Ella siempre es preciosa y de mucho valor, y debe valorarse también.


Mujer, eres muy valiosa. Dios planeó tu existencia y ha escrito un plan perfecto para ti. Te conoce y te ama. Él es quien te promueve. No creas las mentiras del diablo que te quieren hacer creer lo contrario. Seamos sabias. Sepamos respetar al esposo., quien no será ganado ni impulsado hacia lo que Dios ha planeado por medio de la oposición a Su autoridad. Es cuando una esposa respeta la autoridad de su esposo que se abren las puertas hacia la conversión a Cristo. 

jueves, 8 de mayo de 2014

VASO MÁS FRÁGIL


 Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo.
1 Pedro 3:7

A muchas mujeres no nos agrada este tema de ser como un vaso más frágil. Pensamos, “No soy débil. No quiero ser considerada así.” Es por eso que me puse a considerar en detalle este versículo. Necesitaba saber qué piensa Dios para que se le ocurra decir eso de mí.

¿Cómo es un vaso “más frágil”? Tendemos a ir directamente hacia lo débil, y creo que durante demasiado tiempo han sido los hombres quienes han fomentado esa idea. Si nosotras la creemos, es nuestro error por no entender quiénes somos y como Dios nos ve.

Un vaso frágil es como el vaso de cristal. Es de gran valor, es delicado, es muy bello y se rompe fácilmente. Uno no trataría con rudeza a un vaso de cristal, pues sabe que lo más probable es que lo rompería y lo perdería. Lo trata con delicadeza, lo tiene en un lugar especial en la casa porque merece ser tratado así por su valor y belleza. Nunca he visto que la gente tenga un vaso de cristal tirado en una esquina o que lo dediquen a cualquier uso. Más bien, se guarda en una vidriera y se usa en ocasiones especiales o cuando vienen visitas. ¡Hay vasos de cristal que forman parte de la herencia de una familia!

Dios está diciendo a los hombres en 1 Pedro 3:7 “Traten a la mujer con delicadeza. Ella tiene tremendo valor. Es delicada y hermosa, y por tu descuido puede ser rota. Entonces quien más perderá eres tú.” El Señor aclara que somos coherederas de la gracia – esto significa que hombres y mujeres somos igualmente herederos de la Vida Eterna. No somos iguales (de hecho somos muy diferentes) pero nuestro valor es igual. Una mujer no vale menos por ser mujer. Muchas mujeres son tratadas con dureza. Las tienen como vaso desechable. Ignoran por completo su valor, tanto ellos como ellas mismas. La mujer es más frágil en lo físico, pero jamás en otras áreas. Muchos dirían que porque somos emotivas, somos más débiles; pero eso es justamente lo que a menudo nos hace más fuertes.

Un vaso es destinado a contener líquido para beber. Fue creado para ser lleno. Tiene un propósito. Al igual que cualquier vaso común, el propósito del vaso frágil es ser lleno e útil, pero además de la utilidad, tiene características agregadas: es muy bello y es de gran valor. Así eres tú, mujer. Dios te creó con un propósito específico. Te quiere llenar, quiere que seas plena en el propósito para el cual Él te diseñó. Como si fuera poco, no solo eres útil en el Reino de Dios, eres muy bella y de gran precio.


El cristal por el uso continuado puede volverse opaco. Entonces se toma abrasivos y vinagre y hasta un cepillo, y se lo lustra. Cuando un vaso es dañado, se nota. El daño sufrido puede afectar su uso. No tomamos de una copa si corremos el riesgo de que nos corte. A veces una copa dañada ya no puede retener el líquido o si la base está rota, no puede sostenerse. Cuando nosotras estamos dañadas, también afecta nuestro uso. No podremos recibir lo que Dios quiere derramar en nosotras ni podremos ser útiles en el Reino si es que no somos restauradas. Dios es quien hace ese trabajo, nadie más. Quizás hoy puedas decir que eres un vaso destruido. Puede ser que estés dañado por el mal uso o que te hayan desechado. Tal vez tu cristal ya no esté brillando. Él es quien te restaura por completo. Él es quien te lustra para que brilles de nuevo. Dios, Creador y Dueño de este vaso de cristal, es el más interesado en que seas la copa bella, útil y tremendamente que diseñó. 

lunes, 3 de febrero de 2014

LOS QUE NO SE APARTAN


Juan el Bautista fue un hombre muy conocido. Su llamado fue el de anunciar la venida del Mesías. Cuándo Jesús llegó junto a él, le reconoció y le dijo que no era digno de atarle los zapatos. Luego le bautizó, presenció la llegada de la paloma sobre la cabeza de Cristo y escuchó la voz del Señor diciendo, “Este es mi hijo en quien tengo complacencia”. 

Considerando todo esto, es aún más sorprendente lo que leemos en Mateo 11: 2 – 6: “Juan el Bautista, quien estaba en prisión, oyó acerca de todas las cosas que hacía el Mesías. Entonces envió a sus discípulos para que le preguntaran a Jesús: —¿Eres tú el Mesías a quien hemos esperado o debemos seguir buscando a otro? Jesús les dijo: —Regresen a Juan y cuéntenle lo que han oído y visto: los ciegos ven, los cojos caminan bien, los leprosos son curados, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les predica la Buena Noticia.  Y díganle: “Dios bendice a los que no se apartan por causa de mí”.” (Nueva Traducción Viviente)

Juan estaba en prisión, puesto ahí por Herodes. Su vida estaba corriendo el riesgo de ser apagada por ese tirano. Estaba sufriendo y comenzó a dudar. Este hombre quien desde el vientre había reconocido al Mesías – recuerde que cuando María, embarazada de Jesús fue a visitar a Elizabeth, madre de Juan, este dio un salto en su vientre – estando en terrible crisis hasta dudó de la identidad del Hijo de Dios. De ninguna manera lo juzgo. Sí, me identifico. Juan era tan humano como tú y yo. ¿Alguna vez dudaste de lo que Dios está haciendo? ¿En algún momento pusiste hasta lo más transcendental en la balanza y te preguntaste si es real?
La historia no termina aquí. Si lo hiciere, sería simplemente un triste cuento de una persona tan falible como cualquier otra. En la segundo parte del relato, Jesús responde a la pregunta de Juan. Él podría haber dicho muchas cosas al oír lo que Juan le mandaba preguntar. Bien le podría haber recriminado o condenado. Sin embargo, hace dos cosas: con sencillez menciona las pruebas de que es quién dice ser; y le dice que Dios bendice a los que no dudan. No le llama nombres, ni se exalta porque este amigo suyo duda de él. Responde con amor.

Esta historia no termina aquí. ¡Hay más!
Mientras los discípulos de Juan se iban, Jesús comenzó a hablar acerca de él a las multitudes. Uno pensaría que después de lo que acababa de suceder, Él se quejaría de Juan pero atienda Sus palabras: ““¿A qué clase de hombre fueron a ver al desierto? ¿Acaso era una caña débil sacudida con la más leve brisa? ¿O esperaban ver a un hombre vestido con ropa costosa? No, la gente que usa ropa costosa vive en los palacios. ¿Buscaban a un profeta? Así es, y él es más que un profeta. Juan es el hombre al que se refieren las Escrituras cuando dicen: “Mira, envío a mi mensajero por anticipado, y él preparará el camino delante de ti”.” Les digo la verdad, de todos los que han vivido, nadie es superior a Juan el Bautista. Sin embargo, hasta la persona más insignificante en el reino del cielo es superior a él. Desde los días en que Juan el Bautista comenzó a predicar hasta ahora, el reino del cielo ha venido avanzando con fuerza, y gente violenta lo está atacando. Pues, antes de que viniera Juan, todos los profetas y la ley de Moisés anunciaban este tiempo; y si ustedes están dispuestos a aceptar lo que les digo, él es Elías, aquel que los profetas dijeron que vendría. ¡Todo el que tenga oídos para oír, que escuche y entienda!”

¿Qué dice el Señor acerca de mí? ¿Qué palabras pronuncia cuando yo he pecado? ¡Me impacta cómo es Jesús! Juan acaba de mandarle preguntar si Él realmente es quien dice ser, y sin embargo Jesús habla palabras de bien de Juan. Recalca que es escogido, que es una persona importante en el Reino y que en su vida se había cumplido el propósito de Dios. De ninguna manera toma la oportunidad para decir que está desilusionado en su amigo o dolido por su actitud.

Tienes que entender que Jesús es así con cada uno de nosotros. Fallamos a menudo. Hasta dudamos de Él. Y sin embargo, Él sigue viéndonos con ojos de amor. Nos ve como quién nos creó, como papá. Nos ve como vencedores quienes cumplen el propósito que Él escribió para nuestras vidas. No se queja, ni se desilusiona. A menudo pensamos que porque fallamos, no merecemos Su amor ni Su aceptación. Debemos entender que aunque NUNCA lo merecemos, SIEMPRE es nuestro.

¡Cuán maravilloso es nuestro Dios! Podemos entrar con confianza ante Él porque por Él hemos sido justificados. Puedes ser tú mismo, sin tener que pretender ser perfecto, porque Su amor es completamente tuyo. Nada que hayas hecho y nada que hagas puede separarte de Su amor. Él te conoce, te ama y siempre tiene palabras de bien acerca de ti.
Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8: 38, 39

PINTURA : Girl at the mirror (Nena ante el Espejo) por  Norman Rockwell

lunes, 22 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 3)




            A las corridas subió a su bici y pedaleó con todas sus fuerzas. Al llegar al portón siguió su camino sin mirar. Varios autos tuvieron que frenar bruscamente. Se escuchó una sinfonía de bocinazos y gritos, pero no le importó. Siguió su camino, con lágrimas fluyendo todavía por su cara. No sabía hacia dónde iba, pero cuando se dio cuenta ya estaba a unas cuadras de la playa.
            Suspiró profundamente. “Voy a sentarme un rato en la playa y escuchar las olas. Eso siempre me relaja,” decidió. Llegó enseguida a las blancas arenas. Observó con alivio que no había gente en la playa, a pesar de ser una noche hermosa. Recostó su bici por un poste de luz y caminó hacia el agua. Se sentó cerca de ella, y el bufar de las olas la calmó al instante.
            “¿Quién se cree?” se preguntó en voz baja. “Cómo si no fuera suficiente que sepa tanto de mi, ¡encima me quiere imponer lo que él quiere! Entregarle mi bici. ¡Ja! Es lo único que es mío, realmente mío.” Se quejaba en voz alta. En su corazón se revolvían un montón de emociones que ni ella entendía. Nunca nadie había tomado el tiempo para hablar con ella o mostrar semejante interés en su vida. Nunca le había pedido nadie algo tan difícil.
            Cuando ella quedó sola, había llegado a sentir que había perdido todo. Por eso valoraba tanto esa bici. Lo había ganado con mucho esfuerzo y era su orgullo. En todos los años que habían estado juntos, no le había lastimado ni abandonado. No la maltrataba y jamás se había sentido usada o abusada por su biciclo. Ella y esa bici habían recorrido toda la ciudad y seguía con ella, siempre. Lo sabía manejar con facilidad y  siempre tenía el control. Ahora el jefe Supremo, a quien había visto por primera vez en la vida, le estaba pidiendo dejar lo que más apreciaba ¿y por qué?
            Levantó repentinamente la cabeza y fijó la mirada a lo lejos, inmóvil. Perpleja, se preguntó “¿Por qué quiere  que deje mi bici?” Entonces recordó. Escuchó como eco en su cabeza las últimas palabras del Jefe Supremo: “Siempre voy a querer lo mejor para ti.” Quedó helada. “No es tanto que quiere sacarme lo que tengo. Quiere darme algo mejor.” Se recostó en la arena y quedó mirado las estrellas. “…Algo mejor…” repitió varias veces. Al final quedó dormida.
Soñó. Vio a sus padres en la casona donde había crecido. El sol brillaba tan fuerte que todo estaba muy iluminado, y sentía su calor sobre su piel. Se reían juntos sus padres, sus hermanos y ella cuando hubo el ruidazo de un choque y todo - su familia, la casa y la luz - desapareció. Fue reemplazado por la oscuridad total. Sintió miedo y allí, dormida sobre la arena, se sacudió su cuerpo. En su sueño se dio cuenta que las tinieblas en las que se encontraba de a poco se disipaban, a medida que una luz se hacía cada vez más fuerte. De nuevo comenzó a sentir calor rodearla. Repentinamente estaba parada en el altar, vestida de novia, frente a un hombre sin rostro. Él se dio la vuelta momentáneamente, dándole la espalda. Cuando volvió a mirarle tenía una enorme boca que se abría más y más hasta ser más grande que ella. Se dio cuanta que le quería devorar, entonces comenzó a correr gritando. Su largo vestido y tacos impedían que avanzara y vio que la boca le alcanzaba, cuando una luz fuerte la rodeó. Con un susto se despertó y de golpe se sentó en la arena. 

Lágrimas corrían por su rostro. Vio que los primeros rayos del alba se asomaban sobre las aguas. Observó como los colores del cielo iban cambiando y pensó en la luz y el calor que le había rodeado en su sueño.  “…Algo mejor…” repitió de nuevo.

De un salto se puso de pie. Le costaba creer que había pasado toda la noche en la playa. Se subió a su bici y comenzó a pedalear. Parecía lo correcto ir a las oficinas del jefe Supremo, aunque no entendía por qué no volvía a su casa. Con cabello levantado y ropas arrugadas, el sabor de la boca seca y sucia y la cara sin lavar, ella sabía sin lugar a duda de que él la iba a recibir con una sonrisa.
            Llegó una vez más a la entrada al rascacielos y levantó la vista. Ansiaba estar ahí. Anhelaba verle de nuevo. El ascensor la llevó rápidamente hasta el último piso, pero nada le podría haber preparado para lo que sucedió a continuación. Al quedarse quieto el ascensor, se abrieron las puertas y ella salió. Solo llegó a tomar un paso hacia la oficina, porque la rodearon brazos fuertes y una voz conocida la dijo al oído, “Te he estado esperando, hija mía.”
            Ella no sabía si llorar o reír, ¡entonces hizo ambas cosas! De su boca se derramaron explicaciones que se juntaron en el apuro: “Fui de aquí tan enojada…no sabía a dónde ir…me di cuenta…playa…te sentí ahí, protegiéndome…¿estabas ahí?...desperté, y supe…” Él se reía de su incontenible entusiasmo. “¿Qué supiste, hija?” le preguntó. Tragó ella su saliva y habló con firmeza. “Supe que si no te tengo a ti, nada importa. Entendí que mi bici, es solo una bici. No lo es todo, y no lo necesito tanto. Pero te tengo que decir que nunca, nunca en mi vida me sentí tan amada que cuando estuve ayer aquí contigo. Tantos años estuve sola, encerrada en mí misma. No quería soltar nada, pero ahora sé que nada es  realmente mío y que solo buscas mi bien. Quiero conocerte, quiero lo que tienes para mí."
            La sonrisa del Jefe Supremo iluminó su rostro. Parecía haber quedado opacado el sol. Ya estaban dentro de la oficina espaciosa. Se sentaron en os sillones y se sonrieron. Era el turno de hablar del Jefe Supremo. “Yo sé que te costó lo que ayer te dije. Sin embargo, sé también que has madurado y tomado la mejor decisión. Deseo con todo mi corazón ir enseñándote muchas cosas. Esa bici, lo ganaste con mucho esfuerzo, yo lo sé porque lo vi. Pero lo que te quiero dar, no hace falta que lo ganes.” “¿Cómo?” preguntó ella, perpleja. Sonrió el Jefe Supremo y continuó, “Todo lo que tengo para darte es tuyo. Siempre lo fue. Todo tiene tu nombre puesto, porque lo hice especialmente para ti.” Acercó su rostro a la de ella. “Te lo voy a dar porque te amo.” Fue instantáneo. Los brazos de ella le rodearon el cuello y se quedó pegada a él por un buen rato.
            Fundidos en el abrazo, él la siguió hablando, “Durante tanto tiempo has andado en bici, cuando tengo un jet privado con tu nombre.” Los dos rompieron en risa. “¿Un jet? ¡Un jet!” exclamó ella. “Si,” le respondió, “y mucho más. Déjame sorprenderte. Una sola cosa te pido: que te mantengas cerca de mí.”  Ella le miró fijamente a los ojos un momento y luego de nuevo tiró sus brazos alrededor de él. Con una voz tierna le susurró al oído: “Aunque no me dieras nada, no podría ir. No lo puedo explicar, pero te has vuelto el centro de mi vida.” Los rayos del sol irrumpieron a través de los grandes ventanales, iluminando a dos personas muy felices, tiernamente abrazadas.

lunes, 8 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 2)


          


Miró alrededor. Todo era bello y resplandeciente. La iluminación del lugar era perfecta.  No era tan fuerte como para cansar, ni tan suave que no se podía observar los detalles del inmenso salón. Era un lugar muy cómodo, sin ser demasiado lujoso. Le pareció que la palabra “acogedor” le describía bien, aunque la decoración era bastante moderna. Mientras tomaba un paso cauteloso tras otro, se dio cuenta de algo: el lugar le atraía a ella. Era como si fuera que había sido decorado por ella, o para ella. Era tan grande que no podía ver hasta el otro lado, y tampoco podía discernir dónde se encontraba el Jefe Supremo. “Qué raro,” pensó. “Parece que no está.”
            “Aquí estoy,” dijo una voz. La voz parecía familiar. No lo dijo fuerte ni con enojo. Sonó más bien como la voz de un padre; o así lo imaginó ella. “Acércate, hija” le dijo. Repentinamente, todo su temor e inseguridad acerca de esta reunión se disipó. Caminó rápidamente hacia donde él se encontraba.
            Encontró al Jefe Supremo sentado en un enorme sillón. Sus piernas estaban cruzadas y en ellas descansaba un libro de apariencia antigua. No era viejo ni joven; y se dio cuenta que si tuviera que describir su edad, escogería la palabra “eterna”. Su rostro era amable aunque emanaba autoridad. Alrededor de sus ojos se veían pequeñas líneas – no arrugas, sino líneas de risa, como su mamá las llamaba. Sonrió él, y ella le respondió con una sonrisa genuina. “¿Puedo?” preguntó, indicando con un gesto el sillón que estaba al lado del suyo. “Claro que sí,” le respondió. “Lo puse ahí para ti.”
            Se sentó en el sillón amplio y se recostó un rato. Tuvo que admitir que no recordaba haberse sentido tan relajada desde hacía mucho tiempo. “¿Qué me quieres contar?” le preguntó el Jefe Supremo. “¿Cómo?” respondió ella. “Usted me llamó a mí. Pensé que yo iba a escucharle hoy a usted.” Sonrió él. “Hay mucho tiempo. Yo sé que hay muchas cosas en tu corazón que deseas derramar. Habla. Yo escucho.” Miró perpleja pero solo por un instante. El rostro, la voz y las palabras de él inspiraban confianza en su ser. Se abrió en ella una represa de sentimientos, experiencias y preguntas que comenzaron a salir despacio y luego como una torrente. Habló sin cansarse. Mientras ella lo hacía, él a veces sonreía; cuando ella derramaba lágrimas le sorprendió ver que él también lloraba; y cuando le contaba de sus experiencias más simpáticas, él se reía con gusto. Cuando miró de nuevo por la ventana se dio cuenta que ya era de noche. ¡No lo podía creer! “¡He estado hablando por horas!” dijo ella.
            Sonrió con satisfacción el Jefe Supremo. “Sí. ¿No es maravilloso? He esperado por mucho tiempo este encuentro.” Por primera vez en su vida se sintió llena. No podía decir con exactitud de qué estaba tan llena pero en su corazón sentía un calor que crecía a cada instante. De repente sintió que iba a explotar y las lágrimas corrieron por sus mejillas. “Lloras de gozo,” le dijo el Jefe Supremo. “¿Cómo sabes tanto de mi?” le preguntó ella. “Nada tiene sentido y a la vez todo es perfecto cuando estoy contigo.” “Es que te conozco mejor de lo que tú misma te conoces,” le respondió.  “Yo te vi cuando estabas en el vientre de tu mamá. Te vi nacer, crecer, equivocarte y vencer. Cuando tu papá se fue, yo lloré contigo y lloré también cada vez que te entregaste a quien no te merecía porque anhelabas el amor que tanta falta te hacía. Cuando decidiste cerrar tu corazón en un intento de evitar el dolor, yo estaba. He estado golpeando a la puerta de ese corazón lastimado por mucho tiempo.” Mientras él la hablaba, ella lloraba cada vez más fuerte. Cuando acabó, ella estaba sollozando. “Nadie sabe esas cosas de mi. Nunca lo conté a nadie. ¿Cómo me conoces tanto?” preguntó con intensidad. “He estado contigo, atento a tus necesidades, cada día de tu vida. Yo te conozco porque yo te hice,” le dijo. “Y te  hice muy bien. Eres maravillosa, bella y preciosa.” Entre los dos hubo un largo silencio mientras ella absorbía todo lo que había oído y él la esperaba con paciencia.
            Cuando ella la miró, él le dijo, “Lo que quisiera que me expliques, por favor es esto: ¿por qué sigues andando en esa vieja bici? ¿Acaso no te cansas de ella?” Le miró ella con sorpresa. “¿Quieres saber por qué ando en bici?” Asintió con la cabeza. “Bueno,” continuó ella, “la verdad es que…” De repente se dio cuenta ella que no sabía el por qué. “¿Será que yo te puedo preguntar algo?” dijo ella. “Por supuesto,” le respondió él. “Bueno… ¿Por qué te interesa mi bici?” Él se dio ligeramente la vuelta hacia ella y le explicó, “Todos los días usas tu bici. Es una parte muy importante de tu vida – tan importante que se ha convertido en el centro de tu vida.” Le miró ella, estupefacta. Quería discutir, deseaba justificar su amor por su bici, pero no existían palabras que lo harían satisfactoriamente. “De hecho,” continuó, “tanto le quieres que no ves que hay otras bicis muchos mejores, y otros medios de transporte más cómodos y rápidos.”
            En ella surgió el enojo y levantó la voz al decir, “!Es mí bici y no lo voy a cambiar! Lo compré con mi propia plata. ¡Lo he cuidado todos estos años y no hay otra bici como la mía!” Él la miró y con una sonrisa llena de amor le dijo, “Mi hija, yo tengo algo mucho mejor para ti. Solo debes estar dispuesta a dejar tu bici.” “¡No!” le gritó ella. “¡No voy a dártelo!” Dio la vuelta y corrió hacia la puerta. Lo último que escuchó a medida que se alejaba fueron sus palabras, “Siempre voy a querer lo mejor para ti.”
            Abrió con fuerza la puerta de la oficina y la secretaria del Jefe Supremo se levantó con un susto. Ni la miró la señora al pasar corriendo. Varias veces apretó enérgicamente el botón del ascensor. Estas se abrieron justo cuando ella estaba por ir corriendo por las escaleras. Se metió a la caja y se cerraron las puertas. Comenzó su descenso. A medida que caía el ascensor, las lágrimas brotaron en grandes chorros y comenzó a llorar amargamente. Se atajaba de la pared del ascensor y gemía, luchando con emociones acumulados durante años, que ahora habían surgido a la superficie encontrándola completamente desprovisto. Al llegar a la planta baja, se abrieron las puertas y ella corrió hacia la salida, hacia su bici.

domingo, 7 de abril de 2013

Mi Bici y Yo (Capítulo 1)



            Había una vez una señora quien vivía en una ciudad muy grande. La verdad es que ella no tenía idea de cuán grande realmente era ya que nunca se había atrevido a ir muy lejos. Es más, por más que haya querido llegar a los límites de aquella ciudad, era imposible para ella porque solo andaba en bicicleta.
            ¡Cómo amaba su bici! Cuando se subía en ella, se sentía la persona más libre del mundo. Acostumbraba andar por calles y sendas desconocidas, a veces muy rápida y otras lentamente. Ella veía como muchas personas, quienes habían comenzado andando en bicicleta como ella, muy pronto andaban en otros vehículos más veloces y poderosos. Esto no le molestaba.
            Un día la llamaron por teléfono. La citaban para una entrevista con el Jefe Supremo. Esto la sorprendió. “¿Qué ha de querer el Jefe Supremo con una simple mujer como yo?” se preguntó. Subió a su bici y pedaleando llegó al rato.
            Le impactó la belleza de las oficinas centrales del Jefe Supremo. Estaban situadas en el edificio más alto y bello que había visto en toda su vida. Parecía ser hecho completamente de cristal, pero al entrar por la puerta principal, descubrió que todos los pisos estaban hechos de oro puro. Subió hasta el último piso del rascacielos transparente.
            Se encontró en un ascensor muy lujoso. Al entrar en él, las puertas se cerraron y una voz muy amable la dijo por el altavoz que ella estaba por encontrarse frente al Jefe Supremo. “Eso ya lo sabía,” pensó ella. “Estoy aquí porque fui llamada a entrevista.” Grande fue su sorpresa cuando la voz la dijo en respuesta, “Es cierto que fuiste llamada, pero debes entender la importancia de esta entrevista. Además, si no lo deseas, no serás obligada a hablar con Él.” A partir de ese momento hizo todo lo posible para no pensar más.
            Miró alrededor. El ascensor estaba revestido de espejos desde el piso hasta el techo. No importa hacia donde ella dirigía la mirada, veía su propio reflejo. Era imposible evitar ver sus arrugas y las ojeras oscuras bajo sus ojos. “Los años no han pasado en vano.” Apenas lo pensó la voz de nuevo se dirigió a ella, “No importa cuántos años pasen, para el Jefe Supremo siempre serás preciosa.” Sin poder evitarlo, lágrimas se juntaron en sus ojos. Había pasado mucho tiempo desde que alguien le había dicho algo tierno. Ya no temía tanto el encuentro con el Jefe Supremo, pero estaba muy intrigada del por qué alguien con tanto poder se molestaba en decirle cosas tan lindas.
            El elevador llegó al último piso y se abrieron las puertas. La belleza del lugar la dejó sin aliento. Por todos lados había enormes ventanales que dejaban ver un paisaje sin igual. A lo lejos se podía contemplar las montañas del sur y el mar que titilaba en la luz del día. Al Norte estaban los bosques verdes donde crecían todo tipo de frutas, y al este podía verse el desierto de Jaryla que, a pesar de ser extremadamente seco, vibraba con todo tipo de vida y producía gran riqueza de gemas. Estaba observando esta preciosa escena cuando una mujer la llamó por su nombre. “¿Le podría servir algo que tomar?” le preguntó amablemente. “No gracias, le respondió. Solo quiero quedar mirando esta vista tan bella.”
            La secretaria del Jefe Supremo sonrió y la dijo, “Yo suelo quedarme mirando también. Todo lo que ves desde aquí habla del poder del Jefe Supremo.” “¿Qué?” inquirió la señora. “¿Todo lo hizo él?” “Si, definitivamente,” respondió la secretaria. “Hace muchos, muchos años Él dividió las aguas, formó la tierra, puso las estrellas y el sol y la luna en los cielos…y como si fuera poco, tomó un poco de tierra e hizo al hombre.” “¿Y la mujer?” indagó con curiosidad la señora. “¿Qué hay de nosotras¿” Sonrió la secretaria. “Al hombre le hizo caer en un sueño profundo y tomó una de sus costillas. “De esa costilla hizo a la mujer.” La miró sorprendida la mujer mayor. Cuando por fin juntó de nuevo la cordura y le estaba por responder, sonó el timbre del intercomunicador. La secretaria fue apresuradamente a su escritorio y levantó el auricular. “Sí, Señor. Ya le hago pasar.” De repente la señora comenzó a temblar. Miró una vez más por la ventana y se dijo, “Todo eso hizo él. Y ¿quiere hablar conmigo?”
            Cuando la secretaria abrió la puerta de las dependencias del Jefe Supremo, ella levantó un pie en un intento de caminar pero encontró que sus piernas no le obedecían. Entonces se dio cuenta cuánto temía ese encuentro. Casi dio la vuelta para correr, pero no podía mover. Simplemente quedó ahí, clavada al piso. “Adelante, señora,” le sonrió. Se acercó a ella y la tomó suavemente del brazo, ayudándola a pasar hacia adentro. Una vez ahí, las puertas se cerraron lentamente sin hacer ruido.